¿Es el fin de la política?

Por Iosu Perales - Lunes, 10 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:03h.

El fin de la política es el sueño de los gurús del neoliberalismo que disparan misiles diarios contra el Estado y las instituciones democráticas, con la intención de adelgazar sus competencias y someterlas al servicio fiel de los grandes intereses económicos y financieros, cuando no sustituirlas por gobernanzas tecnocráticas Por eso, en sus ataques a la política se incluye una ofensiva contra los partidos políticos que no practican la obediencia debida, enemigos naturales de un neoliberalismo que se define a sí mismo, falsamente, como apolítico con unas reglas sustentadas en la presunta racionalidad de los mercados sin control.

En realidad, el pensamiento de los gurús del neoliberalismo global es una farsa. Como lo fueron sus pronósticos del fin de la historia y el de las ideologías. Su “verdad científica” es una presunta verdad tras la que se esconde el despotismo de los mercados, el neocolonialismo y nuevas formas de esclavismo del siglo XXI. Desplazar a la política a espacios donde no pueda tener capacidad de decisión independiente para los grandes asuntos de las finanzas y la economía es uno de los grandes objetivos neoliberales que se afana cada día en mostrar la supremacía racional de los mercados internacionales.

Los tres grandes instrumentos del ataque global a la política son: la judicialización de la política, mediante la cual se trata de someter a los gobiernos y los parlamentos a la autoridad indiscutible de los jueces que, ¡oh casualidad!, ejercen de gobiernos no elegidos y en ocasiones tratan de controlar a los poderes ejecutivo y legislativo (algo que en América Latina se puede apreciar con claridad);la segunda herramienta son los grandes medios de comunicación que tratan de imponer la agenda de los gobiernos y fiscalizan la actividad de las instituciones premiando y castigando según sus preferencias ideológicas y políticas;los medios difunden además lo negativo de la política contribuyendo a la desafección ciudadana;el tercer instrumento es la globalización actual que coloca a la instituciones supranacionales -ninguna de las cuales sería capaz de superar el umbral democrático- en lo más alto de la toma de decisiones, frente a lo cual los gobiernos nacionales y las sociedades que representan sólo pueden aceptar la fatalidad de tenerlas que aceptar de manera obligada.

Claro que desde adentro de la política se producen también ataques a su credibilidad y funciones, mediante la corrupción, la mala gestión, el autoritarismo y otras formas de hacer política sin vínculo real con la sociedad.

Los gurús del neoliberalismo tratan de vender la idea de que las cosas son como son, y no hay alternativa. Es una idea que esconde el pensamiento único y propone una ideología cerrada en lo referente no sólo a la economía sino que también a la representación de una realidad, según la cual el mercado gobierna y los gobiernos administran lo que dicta el mercado.

Frente a la amenaza neoliberal la recuperación de la política debe centrar la actividad de los partidos y en particular de los progresistas. Un retorno que debe apoyarse en un concepto de la globalización entendida como la universalidad de la emancipación humana. Pero recuperación del crédito de la política no debe entenderse como vuelta a una democracia recortada que ya es arcaica. Se trata de hacer otra política, de lealtad a la ciudadanía y que haga de la democracia participativa en todos los órdenes de la vida un frente de combate. La democracia minimalista del neoliberalismo debe encontrar en el progresismo algo más que resistencia: un despliegue de nuevas formas democráticas que hagan de la participación ciudadana y de la transparencia motores para el cambio.

El retorno de la política en el siglo XXI obliga a las fuerzas progresistas a una adaptación. Las nuevas tecnologías de comunicación -redes sociales por ejemplo- han venido para quedarse. Pueden jugar un papel positivo o negativo, y en esa pelea deben estar las fuerzas de progreso abriendo nuevos espacios para dar la batalla de las ideas y para extender una cultura global de valores morales de justicia y libertad. Por el contrario la desconsideración de los nuevos métodos de comunicación entre organizaciones, movimientos y personas, nos llevaría a la marginalidad. Es verdad, por otra parte, que el neoliberalismo quiere arrojarnos a un escenario de redes anónimas donde los mercados de información y extensión de consignas están contaminados. Pero la batalla también hay que darla en este campo.

Lo que está logrando el neoliberalismo en su afán por conseguir el fin de la política, es una ocupación de los centros vitales de la sociedad. De una manera casi imperceptible, sin revoluciones ni cambios de leyes, mediante el desenvolvimiento de la vida cotidiana sus peones toman posesión y dominio. Determinan el comportamiento de gobiernos, de parlamentos, de la opinión pública, de los jueces, etc. En este movimiento neoliberal destaca por su hostilidad la formula de la guerra cronificada, pero no hay que despistarse: nuestra mirada debe fijarse asimismo en los movimientos internos donde poderes nacionales en connivencia con poderes externos minan la democracia y atacan al Estado.

No, la política no está en su final, pero si es el objeto de la disputa. Los gurús del neoliberalismo al desprestigiarla buscan que la ciudadanía global, el demos, quede convertido en una suma de hombres y mujeres individualizados, sin control alguno sobre los poderes que mandan. El peligroso vacío que genera una política rechazada por la sociedad abre la puerta al providencialismo. De pronto surgen líderes “salvadores” que apoyándose en un discurso xenófobo, antiabortista, de justicia vengativa y propuestas regresivas, se ofrecen como la solución providencial. En realidad promocionan sus liderazgos como jefes de un ejército de salvación. Son gente peligrosa. Por el contrario, el retorno a la política debe ser el retorno a partidos políticos con bases fuertes, participativas y que tengan la última palabra.

Es importante no ser parte del derrotismo que sentencia el fin de la política. Los gurús del neoliberalismo saben que la aparente buena salud económica que predican, a la hora de la verdad, queda reducida a estadísticas, sin encontrar reflejo en la vida real. Buenos índices macroeconómicos y aumento de las desigualdades sociales, van de la mano. Por eso su esfuerzo se acentúa para descabezar la política y eliminar todo cuanto en un momento dado pueda suponerle el fin de su recorrido. Saben que hay una posibilidad post neoliberal y esta posibilidad surgirá del retorno de políticas verdaderamente alternativas, presididas por proyectos, ideas-fuerza, talento y decisiones valientes de las fuerzas progresistas.